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La música de Alejandro Romero envuelve texturas complejas sin renunciar a la dramaturgia y expresividad más crudas. Sus obras a menudo irrumpen inesperadamente, dejando tras su insolencia inicial una estela de escombros resonantes, ecos y destrozos expresivos que gradualmente se recomponen para forjar su propio camino o, como dice el compositor, su propio devenir. Sus asombrosas mezclas tímbricas se adhieren a la piel como la pátina de un verano húmedo.
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